
La estrella deportiva no siempre fue tal: tuvo una infancia difícil y sus maestros lo definieron como “hiperactivo y destinado al fracaso”. Hasta que descubrió el deporte.
Trastorno por déficit de atención con hiperactividad. "Su hijo nunca llegará a concentrarse en algo", le dijo una maestra a Deborah, la madre del deportista olímpico más exitoso de todos los tiempos, el hombre salvado por el agua.
"Yo le dije que quizás se estaba aburriendo", recordó Deborah recientemente en una entrevista con The New York Times. "No es muy dotado", fue la respuesta. Y con sus 22 años como maestra a cuestas, la madre del niño se enojó y reclamó en vano: "¿Qué es lo que van a hacer para ayudarlo?".
De aquel chico de principios de los 90 al de hoy que arrasa en el "Cubo de Agua" de Beijing hay una distancia enorme. El niño que corría, saltaba y no podía leer más de dos párrafos sin perder la concentración es hoy el dominador absoluto de un deporte clave como es la natación.
"Está mejorando cada vez más. Sabe lo que está sucediendo, sabe quién está en la carrera y sus aptitudes. Es uno de los pocos muchachos en el equipo que conoce tan bien nuestro deporte", elogió Eddie Reese, entrenador jefe del equipo de natación estadounidense.
Pero estas son las buenas épocas. Antes, en la transición de la infancia a la adolescencia, el joven comenzó a crecer de manera desproporcionada, con enormes orejas. Al correr, los brazos le llegaban más abajo de sus rodillas. Sus compañeros se burlaban de él, y cuando golpeó a uno en el autobús escolar, le fue impedido subirse al transporte por varios días.
Charles Wax era el médico de la familia, sus hijos también nadaban. Buena oportunidad para observar a Michael, que corría enloquecido en torno a la piscina. Wax sugirió consultar a sus maestros, y la respuesta fue dura: Michael Phelps no era capaz de calmarse, de estar en silencio, de concentrarse en algo.
Así fue que en la vida de Phelps entró un estimulante para tratar la hiperactividad. El medicamento calmó al futuro campeón, pero a los 11 años Phelps pidió dejarlo. Se sentía estigmatizado al tener que ir cada día a la enfermería del colegio a tomar la píldora. "Mamá, no quiero hacer esto más. Mis amigos no lo hacen, puedo manejar esto a mi manera", confesó.
Para ese entonces Phelps ya era un nadador, y su madre veía con asombro como el niño incapaz de estar quieto podía sentarse por cuatro horas a la espera de sus cinco minutos en la piscina.
Phelps ganó seis oros en Atenas 2004 y fue a los 16 años el nadador más joven de la historia en batir un récord mundial.
Hacer los deberes del colegio siempre le costó a Phelps, que sin embargo no dudaba en pasar horas frente al televisor analizando videos de sus carreras. Le pedía a su madre cenar frente al televisor para ganar tiempo.
"'¿Ves? Ahí es cuando elevé la cabeza'. Yo no veía nada de lo que él veía. Pero miraba los videos. Una y otra vez, una y otra vez", recuerda hoy su madre, que no en vano recibe casi tras cada triunfo un ramo de flores de su hijo Michael, el niño salvado por el agua.
Fuente: Diario Critica

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